lunes, 17 de octubre de 2016

El día de las escritoras: propósito de enmienda


"El Día de las Escritoras es una conmemoración iniciada en España para recuperar el legado de las mujeres escritoras, hacer visible el trabajo de las mujeres en la literatura y combatir la discriminación que han sufrido a lo largo de la historia. La celebración, de carácter anual, se convoca el lunes siguiente a la fecha del 15 de octubre, festividad de Teresa de Jesús. En 2016 se celebra el 17 de octubre" (Wikipedia).

Nunca había oído hablar de este día hasta hoy y confieso que la primera vez que he leído sobre su existencia me ha parecido "innecesario". De primeras he pensado que da igual ser hombre o mujer si el libro es bueno. De segundas, me he parado a pensar en libros de escritoras que había leído últimamente y sólo me ha salido un nombre: Agatha Christie. He tenido que remontarme a mi infancia o adolescencia para recordar a más escritoras que me hayan gustado: Gloria Fuertes, J. K Rowling y su Harry Potter, Elvira Lindo y su Manolito Gafotas, Enid Blyton con Los Cinco o Matlide Asensi...

De repente me he dado cuenta de que yo, subconscientemente, también aportaba mi granito de arena a la discriminación de las escritoras y sinceramente no tengo razón aparente. ¿Sus libros son peores? Ni idea, no los leo. ¿Sólo me interesan los temas que escriben los hombres? Qué tontería.

Venía yo barruntando esto durante la tarde y al final he decidido decirlo en voz alta. ¿Para qué? Para que me dé vergüenza y poder enmendarlo. He pedido recomendaciones por Twitter y me ha salido esta lista:

- Cualquiera de Carmen Martín Gaite.

- 'Naturaleza infiel', de Cristina Grande:

- 'Viaje de invierno', de Amélie Nothomb.

- 'Nada', de Carmen Laforet.

- "La conquista del aire", de Belén Gopegui.

- "El lector de Julio Verne", de Almudena Grandes

- "Dispara, yo ya estoy muerto", por Julia Navarro,

- "La voz dormida" por Dulce Chacón,

- "Orgullo y prejuicio" por Jane Austen,

- En poesía, Emily Dickinson.

- Los cuentos de Munro.

- Cualquiera de Joyce Carol Oates

- Cualquiera de Naomi Klein.

- Cualquiera de Natalia Ginzburg.

- Cualquiera de Ursula K. Le Guin.

- "Matar a un ruiseñor" de Harper Lee.

- "El Baile", Irene Nemirovski,

- 'Mrs Dalloway', de Virginia Woolf.

- Cualquiera de Patricia Highsmith

- "Manuel para mujeres de la limpieza" de Lucía Berlín: .

- "También esto pasará", de Milena Busquets: .

- "Nadie es más de aquí que tú" de Miranda July

- "El lector de Julio Verne" de Almudena Grandes.


- "Piscinas Vacías", de Laura Ferrero.

- Cómo se hace una chica de Caitlin Moran

- "El año del pensamiento mágico" de Joan Didion

- Cualquiera de Ayn Rand, en especial El manantial y Los que vivimos.

- Toda Shirley Jackson.

- "White Teeth", de Zadie Smith

- "El hombre del balcón" de M.Sjöwall

- "Tantos días felices" de Laurie Colwin.

- "Nobles y rebeldes" de Jessica Mitford.

- Dorothy Parker.

- Americanah, por Chimamanda Ngozi Adichie

- "Daniela Astor y la caja negra" de Marta Sanz

- "El jilguero" de Donna Tartt.

- Anne Leckie

- Lauren Beukes

- Cuaderno de la criada de Margaret Atwood.

- "Tan poca vida" de Hanya Yanagihara.

- La cuatrilogía de la buena Amiga de Elena Ferrante.

- "Oveja mansa" de Connie Willis.

- Cualquiera de Anna Gavalda.

- Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver.

- El silencio es un pez de colores, de Annabel Pitcher.

- La mirada de los Mahuad, de Berta Vias Mahoud.

- Sophie Hannah.

- Donna León.

- Dolores Redondo

- Donna Tartt

- Lydia Davis

- Alejandra Pizarnik

- El vértigo, de Evgenia Ginzburg.

- Literatura infantil: Anke de Vries

- Klaus y Lukas, de Agota Kristof.

- Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich

- ‘Cumbres Borrascosas’ de Emily Brontë.

"Tierra desacostumbrada" de Jhumpa Lahiri

- "La balada del café triste" de Carson McCullers

- Lara Moreno

- Marta Caparrós

- Cristina Fallarás


PD: No es una lista cerrada, la iré ampliando si recibo más recomendaciones.

jueves, 16 de julio de 2015

Tengo una duda razonable

Antes de empezar, debo confesar algo. Prefiero decirlo al principio del texto y evitar así equívocos. Allá va… Espero no decepcionar: este artículo no trata sobre cine. No al menos en la extensión y profundidad con la que abordan esta materia el resto de colaboradores de la web. Este artículo, en realidad, no es más que un intento de huida. Un intento de quedarme a solas y contar que noto que algo va mal desde hace mucho tiempo. ¿Lo notas también? ¿No, de verdad? Intentaré explicarlo.

De un tiempo a esta parte, noto en el ambiente demasiada crispación. Uno entra a Facebook o Twitter para desconectar o informarse y termina indignado. Uno sale a la calle para despejarse y termina discutiendo sobre los mismos temas. Es imposible no indignarse; las proclamas críticas han invadido las redes y bares en forma de eslogan. La mayoría vacías o sin sostén. A poco que pases un rato en alguna red social te salpicará alguna noticia tendenciosa o tuit descontextualizado a la cara. Si vas al bar, enseguida alguien te dirá indignado que así no podemos seguir sin explicarte por qué. De un tiempo a esta parte, todo es malo. Todo es blanco o negro. Hemos terminado convirtiendo internet y las redes sociales en eso. Hemos convertido una red fantástica para informarnos y aprender en un eterno callejón sin salida del que no podemos salir. Es nuestra culpa haber dado retuits, me gustas o meneos a personas que viven por y para ello. Ellos, muy listos y ávidos de tener más repercusión, han aprendido que ese era el camino y hemos terminado creando monstruos de 100.000 seguidores o permitiendo que webs de dudosa fiabilidad habiten nuestros muros día sí y día también. Tenemos nuestras redes sociales llenas de fakes o teorías de la conspiración y no podemos decir que no lo merezcamos. Al revés, nos da igual. Nos gusta porque nos cuentan lo que queremos escuchar.

Hace unas semanas, cansado ya de leer siempre las mismas noticias, las mismas interpretaciones tendenciosas o los mismos chistes repetidos, pregunté al aire si no había más personas que tuvieran la misma sensación que yo de vivir en un bucle. La misma sensación de dos trincheras eternas que no se escuchan. Dos bandos que embarran el camino porque no quieren encontrarse.

Como internet no es siempre negativo, me respondieron que sí, que varios tenían la misma sensación y además me aportaron algo que no conocía. Bueno, en realidad es algo que todos conocemos, pero que quizás no sepamos que tiene nombre. Estoy hablando del concepto ‘Echo chamber (media)’. Lo explicaré muy brevemente:

Cuando hablamos de ello, estamos haciendo referencia a la situación por la cual una persona se informa o sigue solo a personas afines a su ideología, huyendo o censurando a las personas y diarios que no la comparten. Esta situación provoca la extraña pero placentera sensación de llevar siempre la razón.

Voilà. Aquí está el quid de la cuestión.

Todo lo dicho se amplifica debido a la necesidad de tener que opinar sobre cualquier tema. Necesitamos tener una opinión y decirla para que las personas a las que hemos permitido estar en nuestro círculo y en nuestra mesa del bar nos den la palmadita en el hombro y asientan. Cuando estamos en confianza, no queremos discutir, queremos alimentar nuestros prejuicios y sentir que estamos en la trinchera adecuada.

Al final, termina pasando lo inevitable. Te nombran miembro de un jurado con personas hasta ahora desconocidas para ti y en base a tus prejuicios no necesitas ni dos minutos para formarte una opinión. No dudas. No necesitas pararte a pensar, solo necesitas mirar al de al lado y con un inapreciable movimiento de ojos saber que los dos pensáis igual. Un simple me gusta también basta.

“Es culpable, ha matado a su padre”.

Levantas la mano convencido de que el juicio se solventará por la vía rápida y, de repente, te sorprende ver que Henry Fonda no piensa igual que tú. Acostumbrado al eco de tu opinión, te sorprende que haya una persona entre el grupo que tiene una duda razonable. Alguien que no comparte todas las noticias falsas que pasan por delante de él solo para reafirmarse. Alguien que va más allá de tres eslóganes y necesita reflexionar antes de emitir un juicio.

Este artículo, como dije al principio, es una huida, pero también es un alegato a favor de la duda, de la prudencia. De callar cuando no se sabe de un tema e informarse. Es también sin duda una reivindicación de la película "12 hombres sin piedad" y cómo su ejemplo es aplicable para todo en la vida.

Dudar es bueno; ir a contracorriente dentro de tu círculo muchas veces también. No hay que tener miedo a una confrontación respetuosa, la mayoría de veces termina siendo beneficiosa y aumentando el nivel de la discusión. Huye por ello de los que estén llenos de certezas y no tienen ningún interés en escucharte, son los que suelen salirse en la primera curva complicada que se encuentran en su discurso. Evita también juntarte solo con personas que piensan igual que tú y di bien alto que tienes una duda razonable cuando once personas traten de imponer su criterio. Es más, si estás de acuerdo con ellos dilo todavía más fuerte y con más razón. No hay nada más aburrido y menos productivo que una discusión en la que todos repiten las mismas proclamas y enseguida se declara culpable al hijo.

Quién sabe; quizás estás en lo equivocado. Quizás solo tienes esa opinión porque llevas meses y meses alimentándote de prejuicios y leyendo lo que quieres leer.

Esto no es tarea sencilla y si no que se le cuenten a Henry Fonda. Muchas veces te tocará adoptar su postura, la de abogado del diablo. Es más, será necesario que tú adoptes esa postura cuando veas que el resto de la mesa ya tiene claro su veredicto sin necesidad de pararse a pensar. Otras veces, como todos tenemos nuestros prejuicios muy arraigados, te tocará formar parte de los que declaran culpable al acusado. En ese caso, ojalá surja algún disidente. Escucha la duda y respétala.


                      


Como avisé al principio, esto no trataba sobre cine. Aunque quisiera no sabría bien cómo analizar la obra. Si esperabas un profundo análisis de la película de Sidney Lumet siento haber decepcionado. A cambio, te animo a que la veas y sigas su ejemplo. Te aliento a que salgas del bucle en el que tanto como tú y como yo estamos inmersos y digas la frase más revolucionaria que conozco:

‘Tengo una duda razonable’

A Henry Fonda le salió bien. Consiguió un debate de hora y media muy interesante y realizó una de las mejores actuaciones de la historia del cine.



                 Texto escrito por Juanan Salmerón para la web de cine Dentro de la sala

miércoles, 3 de junio de 2015

Somos los goles que hemos vivido (XVI)

La Voz de Larra

Primavera del 2000. Se consumía la tarde con la misma rapidez con la que lo hacían aquellos cigarros que nunca llegamos a fumar, pero que observábamos absortos desde la grupa de nuestros trece primeros años. Recuerdo escuchar el rugido de Old Trafford en el bar de mis hermanos, en un pequeño pueblo de Segovia. El estruendo, sin embargo, contaba con la elegancia de lo caballeroso, y eso me asustó más que cualquier intimidación por la fuerza. El Madrid vestía de negro, algo que no puede entender quien no ha escuchado jamás la palabra 'marketing'. Pero fuera por el color de la camiseta o fuera por el escudo que le da sentido a la misma, el equipo pareció no querer intimidarse como yo lo había hecho y, al rato, ya se había adelantado con el gol más importante de la eliminatoria, obra de Salgado (me niego a decir "propia puerta"). De aquel lance sólo recuerdo pensar que no siempre la hermosura es necesaria para el triunfo, algo que años después se convertiría en una máxima. Pero dejando atrás reseñas amatorias, el 0-2 llevó la firma del maestro Raúl, que con calidad había resuelto un lance de más calidad aún protagonizado por Mc Manaman. El único inglés que no voceaba filtró una delicadeza cuya trayectoria trazó un arco maravilloso que controló el tábano de oro mientras la melena beatle de Steve se desentendía de lo ocurrido. El jefe hizo el resto. 


La eliminatoria se había terminado pero no la leyenda. No recuerdo el minuto. Tampoco el tramo del partido. Sólo sé que, en algún lugar de la segunda parte, el mariscal Redondo se midió en carrera con un central con pinta de vikingo, de esos que parecen, al contrario que Vickie, más interesados en actuar que en razonar. Entonces llegó. Con un taconazo excelso, a cámara lenta, se deshizo del nórdico con la suave benignidad del que te ha perdonado la vida condenándote a algo peor que la muerte. Lo memorable de todo aquello es que cualquiera que hubiera ejecutado una sacudida similar lo habría hecho de manera desacompasada, indignamente, con brazos y piernas al borde la fractura. Todos menos Redondo. Todo en él era elegante, y sin duda aquella jugada estaba escrita en cada uno de los movimientos que inventó frente al espejo. Después llegó la carrera. Quizá, el sprint más lento de la historia del fútbol. Poco importa, si hubiera avanzado caminando tampoco lo hubieran alcanzado. Sólo quedaba escribir el nombre de Raúl como actor secundario. 


Más lejos del 0-3, sólo recuerdo ver a aquel 7 que tanto me había fascinado en la ida destruir la red de Casillas. Para cuando me enteré de que se llamaba Beckham, ya habían inventado el Youtube y acabado con el romanticismo. El Madrid le había prendido fuego al teatro, en la primera exhibición real de poderío que yo pude ver en Europa (no me lo pareció la Séptima, a pesar de todo). Pero, sobre todo, fue mi primer contacto con lo sobrehumano, pues no se me ocurre otro adjetivo para calificar aquella proeza de Redondo. Meses después vendría la Octava, pero contarlo ya es tarea de otro capítulo.





Nacho Carretero


El problema de ganar al Madrid es que tu equipo no gana: pierde el Madrid. La ecuación causa-efecto se invierte, como aquel paisano de Corcubión (perla de la Costa da Morte) que salía de casa, se quedaba mirando los molinos eólicos del monte de enfrente y decía enfadado: «Joder, cada vez que encienden esos chismes pega un viento de carallo».

Al Madrid en Madrid le ganamos pocas, poquísimas veces. Pero las elegimos. La recordada, la épica, fue la del centenariazo, claro. «Fue solo una Copa del Rey, nos da igual», me dicen mis amigos madridistas. Y yo no niego que les dé igual, pero que no me lo digan. Déjame rebozarme en mi épica, coño. Y mi épica es la épica blanquiazul, la que llevó a veinticinco mil deportivistas al Bernabéu un día entre semana de invierno a jugar de visitantes una final. Allí estaba yo, claro, el único de entre mis amigos convencido absurdamente de la victoria. El resto, pesimistas, sin ver solución a una derrota segura, como cuando a Fraga le preguntaron qué harían si el Prestige se negaba a alejarse de la costa y respondió, conciso, «se le pega un cañonazo y punto».

Mi recuerdo del primer gol del partido, autoría del deportivista Sergio González, actual entrenador del Espanyol, es borroso. Esta vez no por los años y sí por el alcohol que veinticinco mil bárbaros llegados del norte habíamos trasegado en aquel marzo madrileño que nos hizo ocupar el fondo norte del Bernabéu dos horas antes de que comenzara el partido. A pesar de la nebulosa todavía puedo ver la pelota avanzando despacio hacia la línea de gol ya superado el portero (César) y todos detrás de la portería agarrados unos a otros, de pie al estilo vieja grada de cemento (que vuelvan ya) y con los ojos desencajados porque, qué cojones, quién iba a pensar que les íbamos a meter un gol en su final. Perdí una zapatilla en aquella celebración en la que juro vi volar cuerpos por encima de mi espalda mientras la buscaba. Después vino otro gol, de Tristán, el de la incredulidad, y finalmente el pitido final no sin sufrimiento por el tanto de Raúl que cerró en 2-1 el partido.

De entre los cánticos, fuegos de artificio y lágrimas de alegría, me recuerdo a mí mismo sentado en mi asiento por primera vez en noventa minutos regocijándome en mi alegría incapaz de ponerme de nuevo en pie de puro cansancio.











Andrés Martín Rublev

Éramos cuatro amigos en un piso en el paseo marítimo de Torre del Mar. Fuimos allí a pasar la Semana Santa del año 2011, entre brisa, arena y playa. Por cambiar un poco las vistas y los olores de esa época en Granada. Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos encerrados con las persianas bajadas en el piso rodeados de cerveza, ron, absenta y una Final de Copa se distinguía a lo lejos. Todo parecía una secuencia de El Ángel Exterminador de Buñuel. Aquello fue muy grande. Menos mal que hay testigos de lo que allí ocurrió, de lo contrario nadie nos creería. 

Mourinho saludaba a Guardiola y nosotros hacíamos lo propio con Cervantes; cerveza mezclada con ron almirante, una bebida creada en aquel piso tétrico cuando los refrescos optaron por la inteligente idea de abandonarnos. En todo este ecosistema nos enmarcábamos tres madridistas y un culé. El partido se desarrollaba mientras nosotros nos mirábamos pensando en que tal vez conocer a Cervantes no había sido la mejor idea de aquella semana. Y mira que la semana no estuvo plagada de grandes ideas, comprar absenta tampoco lo fue. En aquel partido estaba Pepe en el mediocampo, con una hiperactividad que parecía que la absenta la llevaba él en el cuerpo. Qué años aquellos. Ser madridista entonces era un poco como encerrarte en un piso con las persianas bajadas rodeado de amigos utilizando todos los recursos disponibles para que la fiesta no decayera. Los años que vivimos peligrosamente. 

103’ gol de Cristiano, el que no marcaba en partidos grandes. Siempre me pregunto cómo en aquella situación y ante semejante explosión de locura, Javi y yo tuvimos la lucidez de coger la cámara y hacernos una foto celebrando aquello. Llamadas desde Granada, emoción, lágrimas, palabras indescifrables, frases sin sentido, gol, gol y gol pero “niño no bebas más”. El año del 5-0, de la manita, de la moral comida durante años. El gol que marcaba un punto de inflexión. El gol que nos hizo más madridistas. El gol que más he celebrado en toda mi vida. El gol del día en el que conocí a Cervantes. 





El gol que más recuerdo es un gol que no vi, un gol que no escuché y que tampoco sabría decir quién marcó. Era el domingo de la última jornada de liga, el calor abrasaba la chapa metálica del Ford Orion familiar mientras mi familia se preparaba para acometer el viaje de vuelta de la playa donde habíamos pasado el fin de semana. Mi padre me anunció a mí que el Madrid ganaba 0 a 2 y que íbamos a ganar la liga. Se refería obviamente a nosotros, y no a ellos, porque tanto él como mis tres hermanos, con los que debía embutirme en los asientos traseros del coche estaban (y están) afiliados al eterno rival: al Barça. Mi padre puso el Carrusel Deportivo de la SER y arrancó el motor dispuesto a saldar el puñado de kilómetros que separaban Benidorm de mi pueblo. Aquella liga, la primera de cuantas iba a recordar, estaba muy cerca. 

Desde entonces, ese tramo de carretera nacional que serpentea la costa alicantina ha quedado grabado en mi cabeza como el origen de una afición futbolística sincera. A cada curva del trayecto, el partido se complicaba más. El Tenerife, para disfrute de mis compañeros de viaje, había marcado el primer gol al poco de arrancar el coche y el margen de error sobre la victoria se estrechaba. Mi padre, con ese habitual pesimismo culé, me tranquilizaba desde al asiento de conductor: "no te sulfures que esta Liga la ganáis vosotros". Durante mucho tiempo así parecía. El Orión, matricula Alicante 8158 AL, engullía la distancia y de alguna manera yo sentía que no sólo nos llevaba a casa, sino que también nos acercaba al título. 

Ya estábamos en el pueblo, en la puerta del garaje, cuando el pitido de la radio sonó como la alarma que anuncia un bombardeo inminente en la ciudad. No me dio tiempo a ponerme a cubierto: 2 a 2, el Tenerife le daba la vuelta al partido y mi familia no disimulaba su sonrisa. La sangre que me hervía entonces es la misma que me hirvió en el 2 a 6, en las eliminatorias contra el Lyon o los trivotes de Mourinho. Entramos en el garaje y la señal de radio se perdió como se pierden las cajas negras en los naufragios. No recuerdo demasiado salvo la súbita sensación de angustia pues ya entonces empecé a desarrollar la manía en la que siento que si yo no veo el partido el resultado final será otro, por lo general más decepcionante; como si yo, por el mero hecho de presenciarlo o escucharlo en directo, pudiera influir sobre las piernas de los futbolistas o el acierto del delantero centro.

Subimos en el ascensor alterados por la incertidumbre y el trayecto del sótano al tercer piso se me hizo tan eterno como una prórroga en una final. Abrimos la puerta y encendimos la radio. No oímos ningún gol, pero se escuchaba alto y claro el himno del Barça, señal inequívoca que el Tenerife había marcado el tercero y que Canaletes había adelantado en la última curva a la Cibeles. Aquel gol de Pier Luigi Cherubino que no vi y que no sabría decir cómo fue es el que más se me ha grabado en la memoria, tal vez porque en el Madrid las victorias a menudo solo generan alivio y son las derrotas las que dejan una verdadera huella. Sea como fuere aquel fue mi primer gol, el gol que celebró el resto de mi familia y puso a prueba de una forma más caníbal mi adhesión a unos colores. Sin embargo, no solo no los venció, sino que aquel balón que nos arrebató la liga fue el que puso los cimentos de mi madridismo, mal que le pese a mis hermanos.




Albert Morén


El gol que soy, en realidad, no lo viví. No hasta varios años más tarde. Se trata, además, del más importante en la historia del club por el que lato. Un tremebundo lanzamiento de falta en la prórroga de la final de la Copa de Europa de 1992. El gol de Koeman. El de Wembley. Un obús que arrasó con la barrera de la Sampdoria como si hubiese sido una pared de porexpan, y terminó en la esquina inferior derecha del libro de recuerdos de quien lo presenció. Stoichkov prendió la mecha, Jose Mari Bakero enfocó y el 4 holandés, que para la ocasión vestía de naranja, convirtió el 20 de mayo de 1992 en el día más feliz del F.C.Barcelona. Aquel minuto 111, la emocionante narración del maestro Puyal, el pie de Cruyff trastabillándose en la valla que separaba el césped de los banquillos, el codazo de Nando a Juan Carlos en la celebración, el abrazo de Michael Laudrup, el puño en alto de Guardiola y su noche sin dormir. La mirada vidriosa de quien había sufrido en épocas mucho más difíciles, la exultante alegría de los claxons y esa complicidad única que se da entre dos desconocidos cuando se descubren celebrando por lo mismo.

No viví nada de aquello. Me lo perdí todo. Y a decir verdad, entonces no me pesó en absoluto. En el 92 no tenía edad para entender demasiado, pero no habría sido el único niño de seis años fabricándose sus primeros recuerdos como culé. Claro que ellos soñaban en el recreo con ser Hristo,
Amor o Laudrup, y yo, en cambio, fui un aficionado al fútbol tardío. Un par de años más tarde, cruzando por delante del televisor escuché al comentarista decir que el Paris Saint Germain había eliminado al Barça, y entonces sí sentí pesar, pero para aquella final de Wembley yo era el más feliz del mundo jugando con mis muñecos, ajeno en un barco pirata a lo que estaba sucediendo en las calles de mi ciudad. Finalizado el partido, mi padre salió, bocina en mano, a celebrar la Copa de Europa, mientras mi contramaestre ordenaría lanzar por la borda a algún polizón. Pero esto se trata de goles que te marcaron la vida y aquel, sin duda, hizo hoyo en la mía. Porque tan pronto como fui consciente del extravío, ahora sí como empedernido futbolero, me invadió una ansia de reparación que todavía sigue, y con la que emprendí un viaje hacia el pasado que transcurre, en circuito cerrado, entre aquellos años en los que empezó todo. Y de vez en cuando regreso a aquella final y a aquel gol, a mi manera, porque no tengo otra.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Parejas, géneros cinematográficos y viceversa

Hace ya unos meses leí un artículo en esta misma web que me llamó mucho la atención. Se trata de ‘El cine y las mujeres’. Y el motivo de mi interés creo que es evidente: mezclaba dos de las cosas que más tiempo han ocupado mi cabeza desde que tengo uso de razón. Me pareció interesante esa analogía y, por qué no decirlo, me dio un poco de envidia que no se me hubiese ocurrido a mí. Así que, llegados a este punto, he decidido tomarme la licencia de volver a mezclar el cine con las mujeres. Géneros cinematográficos con determinados tipos de parejas. O algo así. Allá va.

En primer lugar, nos encontramos ‘las parejas blockbuster’. Todos conocemos alguna así, cómo no conocerlas. Aunque no quieras, los tienes hasta en la sopa. Vas andando por la calle y te encuentras un cartel bien grande de ellos besándose. Entras a las redes sociales y ahí están también. Tapando al resto. Son los que más se quieren, los que viajan a los mejores sitios y se echan la foto para que te enteres. Cada anuncio es para decir que no encontrarás un amor mejor que el suyo. Aunque de todos es sabido, que muchas veces este tipo de cine suele ser de cartón piedra y tras el boom inicial hay poco sustento al que agarrarse. Con toda seguridad, esta historia dejará poco poso en tu memoria. Enseguida aparecerá otra vez ‘la mejor película del siglo’ y te hará olvidar lo que viviste.

Suele pasar, que justo al lado de este tipo de cine, aparecen otras personas más tímidas. Están justo en la sala de al lado, no necesitan publicitarse para saber a ciencia cierta que es de calidad. Se trata de la chica que luce más en pijama y el pelo recogido que con tacones en la sala más grande de tu ciudad. Hablo de la película que encuentras un día por casualidad en la biblioteca en un montón apilado y decides robar para verla todos los días de tu vida.

Otro tipo de pareja, yo la calificaría como la pareja de sobremesa de Antena 3. ¿De qué trata la película? No lo sé bien, solo sé que es muy parecida a la que ya viste la semana pasada y que es calcada a la que verás el fin de semana que viene en esta misma cadena. ¿Por qué continuas en esta relación o viendo esta película? Tampoco lo sabes a ciencia cierta, quizás sea miedo a salir de la rutina, miedo a estar solo o miedo a tener la tele apagada. No lo tienes claro y, mientras, dejas pasar el tiempo. Quizás la semana que viene tu pareja decida hacer algo distinto y salir de la monotonía.

Hablando de tiempo, también encontramos dos posibilidades respecto a este tema. Todos conocemos historias que empiezan bien y terminan mal. Son esas películas que tienen todos los ingredientes para ser una relación buena y solo sobra un detalle: se alargan tanto en el tiempo que terminan jodiendo el final. Crees que si todo va bien durante dos horas o dos años, por qué no iba a ir bien durante tres. Qué equivocado estás. Justo es esa hora o año la que te hará mirar el reloj diez veces y desear que termine.

Al revés también pasa, claro. Hay películas buenísimas que te dejan con ganas de más. ¿Por qué no querría repetir conmigo? ¿Por qué decidió marcharse y no vivir nuestra propia trilogía con extras incluidos?

En otros casos, das con películas y personas bastante graciosas. Tienen el don de hacer reír y eso es importante. Está bien, está genial, pero por lástima de todo se cansa uno y tras las tres risas apetece algo distinto. Deseas debatir sobre temas un poco más serios y ves que con esta persona eso no es posible. Exactamente lo mismo que pasa con los efectos especiales y con las noches de fuegos artificiales. Está genial, pero uno siempre termina viendo cien veces la película que le aporta algo más que tres risas o dos noches de sexo con efectos especiales.

Sin pasarse, claro. En el lado opuesto encontramos a esa persona que es como un documental iraní. Siempre solemne, siempre pontificando. Lo cierto es que es un lujo encontrar a una persona interesante con quien debatir sobre geopolítica o la vegetación característica de 
Canadá, pero espabila, sonríe un poco. La otra persona también quiere alguna broma y sobre todo noches de las que acaban con explosiones y guerras en la cama.

Por último, terminaré como he empezado, haciendo alusión a otro artículo de esta web. Hace poco leí una lista de películas que pueden gustar aunque no termines de entenderlas y pensé: mira, justo como me pasa a mí con las mujeres. Seguro que no soy el único al que le pasa. A veces nos acercamos a ciertas personas sin saber bien por qué, solo sabemos que nos atraen. Nos da igual no entender ciertos comportamientos, nos da igual que no nos enseñe demasiado o que de vez en cuando sea un poco monótona, solo sabemos que queremos seguir viendo la película para ver cómo termina.


Espero haber estado a la altura del anterior artículo. Y parafraseando a Groucho Marx, estas son mis analogías sobre parejas y géneros cinematográfico. Si no te gustan seguramente pueda inventarme otras.
                








                             Texto escrito por Juanan Salmerón para la web de cine Dentro de la Sala

martes, 18 de noviembre de 2014

Lo peor de las despedidas son las despedidas

Recuerdo perfectamente aquel momento. Era uno de esos días tan otoñales que dibujan las películas, uno de esos días en los que el sol se empeña en disimular la temperatura real. Lo cierto es que hacía frío fuera y diluviaba en casa. 

Recuerdo estar empapados por los fríos despojos de las buenas intenciones, recuerdo cómo empezamos a decirnos adiós. Recuerdo a mí yo más mentiroso, escupiendo frases rellenas de buenos deseos que escondían mis ansias de que no encontrara nada ni nadie mejor, que no pudiera resguardarse del mundanal ruido arropándose en otro lugar que no fueran mis brazos ni la manta que compramos en aquellas rebajas del chino de la esquina.

Tirité, por dentro y por fuera, y encendió la estufa, pero era aquél un cuadro destinado a estar congelado por el miedo a perder. Apuró su cigarro y se enfundó la coraza para dar rienda suelta a la última de nuestras batallas. Ya mucho antes le había entregado yo todas mis armas, por lo que no le costó mucho derribar todos los bolos de mi pelotón con una sola frase: “Es lo que hay”. 

Aun así, en un último servicio a mi patria, quiso responder a la pregunta que yo no había tenido el valor de hacer. Y dijo que se iba, aunque no entendí a dónde. Creo que habló algo de París, o Berlín o Dublín… Qué se yo, yo qué sé, qué importa ya… Cualquier parte me parecía el fin del mundo, cualquier distancia me resultaba eterna en tiempo y en espacio. 

Y se fue. Se fue con mi felicidad, con mi alegría, con mis ganas de tener ganas. Se fue y se llevó casi todo. Sólo me dejó, para que nunca la olvidase –como si eso fuera posible-, la duda de si algún día volvería. 
Y me puse a llorar. A llorar como cuando llegas a la vida, sintiendo que la mía ya no tenía mucho sentido. Lloré por todas las esquinas, hasta que las esquinas se me quedaron pequeñas. 

Con el corazón encharcado fui dando tumbos, bandazos, sumando errores. Comprobé que no había labios que pudiesen igualarse a los suyos encarando la distancia que los separaba de los míos, para después desnudarlos, quedárselos y manejarlos a su antojo y el de sus pasiones.

Comprobé que ya no llegarían sus mensajes de buenos días a mi móvil, ni sus cartas al buzón. Comprobé que me había equivocado, aún sin saber bien cuándo ni cuánto. Comprobé también que ya había perdido, que se me había escapado hasta la oportunidad de decir por última vez te quiero, te admiro, me gustas al amanecer, por el día y por la tarde, y por las noches que nunca terminan; me gustas alegre y triste, comprensiva y enfadada, susurrante y altiva, de fiesta y de andar por casa. Qué espectáculo, qué maravilla, qué maestría, quién lo diría… 

Comprobé que había perdido hasta la oportunidad de que supiera que me encantaba cuando se recogía el pelo hacia un lado, cuando tenía que madrugar y salía de entre las sábanas sigilosamente para no despertarme, cuando imitaba mi voz como si fuera la del ser más ridículo de la Tierra, cuando me abría su corazón para que me asomase a todo lo que es, cuando me lanzaba mil ideas de inversión de tiempo sin intereses y a largo plazo, el que nos ofrecía toda una vida juntos. 

Comprobé que, por mucho que la madrugada me brindase un rato para escribir estas últimas líneas, no va a aparecer y a secar este puto teclado. Comprobé que, al final, lo peor de las despedidas son las despedidas: darse cuenta de que se ha ido, de que ya no está.


                                                                                                            Mario Cortegana

lunes, 10 de noviembre de 2014

Insignificancia

Como el frío metal embriagado por la marisma
oxídame de ti
seremos reflejo en una pompa de jabón
y un leve bisbiseo antes de explotar
ese trémulo soniquete de una alambrada al vibrar.

Una mancha de carmín en la oreja de un payaso
que no sabe hacer reír si no susurras
seremos de cada niño su primer paso
una alegoría a lo bonito y al abrazo contra el mal rato.

Cada nota de silencio en una inhabitada canción
la sorpresa en la más alta torre
seremos hilo fino pà unir cada cosa a su sombra
espuma de mar, el vuelo de una alondra.

Cada suave movimiento de este planeta
seremos insignificantes ceros a la izquierda
el viejo baúl mohoso de un antiguo tesoro
somos nada y lo haremos todo.


                                                                                                                                                                                                                                                                                    Adrián Jiménez