jueves, 14 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (IV)

Más goles: I, II, III


UN HABITANTE MÁS

En el colegio nunca me benefició ser del Real Madrid. Me tocó convivir con una clase repleta de culés y atléticos. El profesor-tutor era tan barcelonista que hasta nombraba al BarÇa en los dictados. A mí tampoco me ayudaba demasiado celebrar los goles en el recreo como Amavisca, agachándome y apuntando con el índice hacia arriba. Me lo busqué yo solito. Así que tuve que aprender a ser prudente –a la fuerza- con respecto a mi simpatía por el blanco.

De todos modos, el Real Madrid era el rito de los domingos con mi padre, mi equipación de la primera comunión y el recuerdo de los primeros cromos que coleccioné, repitiendo de memoria aquella mítica alineación: Illgner, Panucci, Hierro, Sanchís, Roberto Carlos, Seedorf, Redondo, Mijatovic, Suker, Raúl y Morientes. Aun así, parecíamos un matrimonio de conveniencia, nos veíamos solo cuando nos encontrábamos y me acordaba de Él cuando iban bien las cosas.
En 2002 vivía los 15 años y solo quería saber de los discos de The Beatles, los libros heredados y de hacer gritar a mi guitarra eléctrica de “tercera o cuarta mano”… Hasta que llegó Zidane y convirtió el fútbol en arte, el césped en un lienzo y cada movimiento en un vals de Chaikovski.

Viví aquella final como un acontecimiento irrepetible. Llegar al último partido tras eliminar al Bayern de Munich y al FC Barcelona era una oportunidad única de conseguir la cifra de 9 Champions. Y no estaba siendo el partido más brillante ante un buen Leverkusen.

Lo que ocurrió en esa jugada aislada fue extraordinario: como Zidane se detiene a recibir el balón imposible que baja del cielo; en ese lapso de tiempo eleva su mirada y despliega su zurda, que describe el movimiento más hermoso que jamás he visto en un campo de fútbol. La trayectoria perfecta del balón y el beso a la red son historia. Solo recuerdo que aquel francés elegante como un cisne me hizo llorar.


Celebrar ese gol supuso la reconciliación, al fin, con mi equipo de toda la vida. Aquella tarde del 15 de mayo tuve a bien jurar de por vida amor eterno a la nívea e impoluta camiseta blanca. Ya sabía qué era ser del Real Madrid.


            
                                                             




En los 17 años que llevo trabajando en Marca he visto muchos goles. De Raúl, de Ronaldo, de Ronaldinho, de Messi, de jugadores inolvidables, pero cuando Juanan Salmerón me invitó a contar uno fue el primero que recordé, al instante. Un gol de Patrick Anderson para el Bayern de Munich.
Año 2001. Estuve un mes en Munich siguiendo al Bayern. Sola, sin fotógrafo, sin saber alemán y dando el tostón a los periodistas locales para que me tradujeran día sí y día también las ruedas de Prensa. Roque Santacruz, que ahora juega en el Málaga, fue un ángel también con aquella plasta que era yo. El equipo de Hitzfeld eliminó primero al Real Madrid en semifinales de la Champions. La final era contra el Valencia, en Milán.

19 de mayo del 2001, cuatro días antes de la final, el Bayern se jugaba la Bundesliga en Hamburgo. Le valía con un punto mientras que el Schalke, que recibía en casa al Unterhaching necesitaba ganar y esperar a que los bávaros pincharan. Los dos partidos comenzaban a las tres y media de la tarde.

Era un día soleado y precioso en Hamburgo. Las gradas del AOL Arena llenas. El olor a salchichas. En Gelserkinchen, mientras, soñaban con el milagro. La última vez que el Schalke había ganado la Bundesliga había sido en 1958 y cumplieron con su parte, ganaron al Unterhaching por 5-3. El Bayern sabiendo que el empate le valía especuló y jugó al tran-tran hasta que en el minuto 90’ sucedió: Barbarez marcó para el Hamburgo.

El Schalke era campeón y en Gelserkinchen los jugadores se abrazaban, los aficionados invadieron el campo, saltaban, se tiraban al césped, llorando. La locura. Ya estaba. Campeones.

Todo eso lo vi después, por televisión, en un hostal en Sankt Pauli. Busquen las imágenes si les pica la curiosidad porque son impresionantes y Juanan Salmerón me pidió un párrafo y creo que ya me estoy enrollando demasiado. Porque lo que yo vi en el campo, en Hamburgo, fue lo siguiente: Kahn recoge la pelota del fondo de su portería, se va corriendo al centro del campo y grita a su equipo: ¡Vamos, vamos! En el tiempo ya de descuento Ujfalusi cede la pelota a Schober, el meta del Hamburgo. Es dudoso, pero el árbitro, Markus Merk no titubea y pita libre indirecto dentro del área.

Y así, mientras el Schalke celebraba el campeonato, Kahn subió al área, Effenberg tocó la pelota y Anderson, de tiro raso, marcó el gol del empate. Un gol que valía una Bundesliga. En aquel momento no tuve ninguna duda de que el Bayern ganaría también la Champions. A mis amigos de Valencia no se lo dije, claro. Pero cuatro días después, en la tanda de penaltis en Milan, el Bayern se proclamó también campeón de Europa.

17 años viendo goles y ése, el de Anderson, es el primero que se me vino a la cabeza.
                             
                                   
                                   



ANDRÉS MONJE

Era fin de semana, era enero de 2005. Y era La Catedral, testigo de un Athletic-Osasuna. Un duelo de barro en campo santo. Recuerdo a Pablo García, aquel leñador que acabó vistiéndose de blanco, fiel reflejo de que los grandes también sufrían, dominando el partido. Yo era pequeño, pero veía a aquel uruguayo en todas partes. Él marcó pronto el primero, tras jugar, qué cruel paradoja, a ser Iniesta por unos segundos. Webó y Puñal, éste último desde lejísimos, silenciaron más tarde el escenario. Porque el dolor se escribe con silencio. Era un 0-3 y quedaban apenas treinta minutos, pero era Bilbao. Era San Mamés. El silencio duro poco, el público insufló no aire, que eso había, sino sentimiento. Fe. El imposible que faltaba.

Me acuerdo de Fernando Llorente, un delantero sin el ‘9’ a la espalda, detalle anecdótico pero que siempre me desconcertaba, me hacía desconfiar. Era nerviosismo andante. Un querer y no poder, algo especialmente desquiciante cuando veías el fútbol desde la ingenuidad de la niñez. Lo contrario sugería Yeste, que con su clásica pose de pasotismo era capaz de ganarte con un simple aroma de su maravillosa zurda. Cuando el de Basauri hizo el primero, yo creí. No fui el único.

40.000 almas debieron salir a jugar, porque de repente Osasuna se esfumó y el Athletic, en trance, que pasó de cero a infinito en un suspiro, le empujó al abismo. Otro de Yeste, quedan diez minutos, sale Guerrero, el murmullo aumenta. Joder, que podemos. Tiko hizo el tercero a seis del final. 3-3. Ya no pude sentarme. Nadie con sangre en las venas podría.

Y sucedió. Llegando desde atrás, como antaño, con un remate tan suyo, ni muy fuerte ni muy colocado y sin embargo tan imparable, Julen Guerrero puso el 4-3 en el último minuto. Qué grito pegué, como sería que ni mi madre, atónita, me dijo nada. Allí estaba el ídolo de mi infancia, en sus últimos minutos de gloria, corriendo por el verde, levantando los brazos y mirando al cielo, dejando ya imborrable una metáfora de qué era eso que yo tan dentro sentía. De qué era el Athletic. Porque sin saber explicarlo, sé que era eso. Justamente eso.









SERGIO MORCILLO


No todos los goles, son de los que te dan títulos, no todos los goles son el gol de novena de Zidane, existe otro fútbol, ese que nos cantaba Pablo Moro en su Empate a Cero, ese que no entiende de estrellas, ese que es todo barro, fango y pundonor, ese otro fútbol que aún mantiene la esencia.

El gol que nos ocupa ahora, viene a ser eso que decía Weligton: " El ascenso fue más bonito que la Champions " . Pongámonos en antecedentes, antepenúltimo ascenso grana a la categoria donde es el Rey, la Segunda División (¿ Ojalá no tengamos que volver a pasar por aquello no?). Partido de fase de ascenso de Segunda División B, aquellas fases que ya perdimos, aquel último suspiro de temporada, como un regalo de final de curso...

Eran los últimos días del mes de Junio, donde ya se siente el verano y el fín de la temporada futbolística, 25 de Junio de 2000. El Real Murcia, se encontraba en plena fase de ascenso y tras hacer una temporada discreta, se metió en los puestos que otorgaban el privilegio a luchar por el ascenso del pozo que supone la Segunda B. Llegamos a ese momento donde se decide la temporada con opciones de ascenso si vencían en Los Cármenes al Granada, era un todo o nada, un tú contra mí.


Corría la mitad de la segunda parte, cuando Pepe Aguilar, enganchó un balón en el pico de la frontal del área, clavándola en la misma escuadra del gol norte de los Cármenes, suponiendo el ascenso del Real Murcia a Segunda División, y sin ser consciente de ello nuestro protagonista, jugador que a día de hoy es mito e historia del Murcianismo.

Aquel gol marcó la retina de un joven Murcianista de tan solo 12 años. Un servidor.


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